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La Comunión de los Celíacos

El pasado 20 de febrero, la Comisión episcopal de Liturgia, de la Conferencia Episcopal Española, hacía pública, con la aprobación de la Comisión Permanente, una Nota sobre la Comunión de los celíacos. La enfermedad celíaca es una patología que provoca la intolerancia permanente al gluten, es decir, a las proteínas del trigo y de otros cereales (centeno, cebada o avena). La Iglesia, siguiendo el mandato de Jesús, celebra la Eucaristía con pan y vino. El Código de Derecho Canónico establece que «el pan ha de ser exclusivamente de trigo y hecho recientemente, de manera que no haya ningún peligro de corrupción». Padecer la enfermedad celíaca constituye, por tanto, una seria dificultad para la comunión sacramental del Cuerpo del Señor”


El objetivo de la Nota de la Comisión episcopal de Liturgia ha sido informar a los ministros de la Comunión sobre esta enfermedad, «a fin de facilitar el acceso a la participación plena en la Eucaristía a los celíacos», estableciendo para este fin tres medidas prácticas muy concretas:


* que se falicite al celíaco la Comunión bajo la sola especie del vino;
* que se disponga un segundo cáliz en el que la única materia cansagrada haya sido el vino, y sobre el cual no se haya realizado la partición ni la intinción del Pan eucarístico;
* que la comunión bajo la especie del vino se distribuya de tal manera que el enfermo se sienta respetado y apreciado.



Antes de su publicación, un borrador de la Nota había sido enviado a la Presidencia de la Federación de Asociaciones de Celíacos de España, para que hiciera sus observaciones y se pudiera llegar conjuntamente a unas disposiciones que sirvieran para atender con respeto y cercanía a los enfermos celíacos, y, al mismo tiempo, mantuvieran con fidelidad la enseñanza de la Iglesia católica. La Nota resultante recoge equilibradamente ambos aspectos.


Desgraciadamente, la información que algunos medios de comunicación ofrecieron sobre el contenido de esta Nota ha generado confusión, presentando las disposiciones de la Comisión episcopal de Liturgia como un acto de discriminación hacia los enfermos. Hemos asistido con sorpresa al eco que los medios daban a la queja de un padre que consideraba una discriminación hacia su hija celíaca el que, en su Primera Comunión, no pudiera utilizar formas de maíz y se le obligara a comulgar sólo bajo la especie del vino. No han faltado tampoco quienes han aumentado con sus opiniones la confusión en el plano doctrinal: que el pan sea de trigo o de otro cereal –han dicho– daría lo mismo; empeñarse en que el pan de la Eucaristía sea pan de trigo no sería más que una rigidez sin sentido, o una expresión de fundamentalismo litúrgico, pues el pan no es más que un símbolo cultural y así habría que tomarlo.


Lo que puede parecer una discusión bizantina afecta, sin embargo, a algunos aspectos importantes de la enseñanza de la Iglesia, que pueden formularse en los siguientes términos:



* la Iglesia no inventa los sacramentos, sino que recibe del Señor lo que transmite a los hombres;
* en la Eucaristía, la Iglesia no ve un mero símbolo de Jesús o de lo que Él hizo, sino que confiesa a Cristo mismo presente verdadera, real y sustancialmente;
* la Iglesia vive de la Eucaristía, en la plenitud de su misterio, pues es Sacrificio, Comunión y Presencia, y no mera fiesta de la fraternidad humana.


Los sacramentos no son invención de la Iglesia, sino expresión de la voluntad de Cristo. Fue Él quien en la Última Cena tomó pan y vino para regalarnos su Cuerpo y su Sangre, de modo que la Iglesia entiende que no puede cambiar lo que es voluntad de su Señor. Lo que está en juego, por tanto, no es la formalidad de un elemento u otro, sino si es voluntad de Cristo o no el emplear ese elemento.
No son la originalidad de los hombres o la capacidad para convertir las celebraciones litúrgicas en sorpresas continuas las que hacen eficaces los sacramentos, sino la fidelidad al don recibido de Cristo. Muy a propósito ha escrito Juan Pablo II, en su última encíclica: «A nadie le está permitido infravalorar el Misterio confiado a nuestras manos: éste es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal».



No es un símbolo


Algunos autores propusieron hace unas décadas que el pan y el vino son alimentos básicos representativos de la cultura mediterránea; al ser escogidos por Cristo en la Última Cena, los estaría escogiendo por su valor simbólico. Por tanto, para ser fieles al mandato del Señor no habría que ceñirse a la formalidad de emplear pan y vino, sino al hecho simbólico de tomar en cada cultura aquellos alimentos básicos que fueran más representativos. Nada hay, sin embargo, en la Sagrada Escritura ni en la tradición de la Iglesia que avale esta propuesta.


Las palabras con las que Cristo instituye la Eucaristía en la Última Cena (Esto es mi cuerpo; Esto es mi sangre) tienen una fuerza difícil de disimular: al emplear el verbo ser, Jesús establece una identidad entre lo tomado en sus manos y Él mismo. Jesús no ha dicho esto es símbolo de mi cuerpo, o esto significa mi cuerpo. Las palabras de Cristo implican una realidad nueva: lo que antes era pan ahora es el Cuerpo de Cristo. Por eso, para expresar la singular presencia de Cristo en la Eucaristía, la Iglesia emplea tres adjetivos: se trata de una presencia verdadera, real y sustancial.
El empleo de pan de trigo no es un dato arqueológico, sino un dato procedente de la Tradición. Es decir, no es que la Iglesia ahora, después de veinte siglos, quiera poner en marcha una práctica que recuerde algo que Cristo hizo en la Última Cena y, en consecuencia, se pregunte ahora qué tipo de pan habría empleado Cristo, sino que la Iglesia ha celebrado la Eucaristía desde siempre (semper), en todas partes (ubique) y por todos (ab omnibus) con pan de trigo.


Un serio motivo de confusión se produce al reducir la Santa Misa –y los sacramentos– a acontecimientos meramente festivos en los que se estarían celebrando simplemente valores humanos (la fraternidad, el nacimiento de un hijo, el amor entre un hombre o una mujer, etc.), sin apenas referencia a la vida de la gracia. De esta concepción se deriva considerar cuestión bizantina o ridícula el que se cambie la materia de la Eucaristía. Para despejar esta confusión, basta recordar las palabras del Papa Juan Pablo II en su primera encíclica Redemptor hominis, reiteradas y explicitadas en la última, Ecclesia de Eucharistia: «No es lícito ni en el pensamiento, ni en la vida, ni en la acción quitar a este Sacramento su dimensión plena y su significado esencial. Es, al mismo tiempo, sacramento-sacrificio, sacramento-comunión y sacramento-presencia. Y, aunque es verdad que la Eucaristía fue siempre y debe ser ahora la más profunda revelación y celebración de la fraternidad humana de los discípulos y confesores de Cristo, no puede ser tratada sólo como una ocasión para manifestar esta fraternidad. Al celebrar el sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor, es necesario respetar la plena dimensión del misterio divino».
La Nota de la Comisión episcopal de Liturgia ha sido un importante paso adelante en la atención que la Iglesia debe y desea prodigar hacia los necesitados; en este caso, hacia los que padecen la enfermedad celíaca. Esa atención sería fraudulenta si la Iglesia renunciara a transmitir con fidelidad lo que ha recibido de Cristo.



José Rico Pavés
Director del Secretariado de la Comisión para la Doctrina de la Fe, de la Conferencia Episcopal
2003-07-28 ALFA Y OMEGA. - Esp.

 

Fuente: http://www.alfayomega.es/estatico/anteriores/alfayomega364/default.htm

 

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